Xàtiva
Josep Rubio, vecino de la Pobla Llarga, ha vivido con indignación y tristeza lo que considera un ataque contra la diversidad.
Desde hace diez años cuelga, cada mes de junio, la bandera arcoíris en su casa para conmemorar el Orgullo LGTBI. Nunca había tenido problemas. Hasta ahora.
Un ataque premeditado
“Cuando me di cuenta, ya había pasado. Me fui con mi marido y un amigo a dar una vuelta, y al volver ya no estaba. En diez años nunca me habían quitado nada”, cuenta. Su madre, de 90 años, se encontraba en casa días antes cuando escuchó un murmullo en la calle: “la maldita bandera gay”, “los maricones de mierda”. Se asomó a la ventana, pero no reconoció a nadie. La mujer afirma que eran muy jóvenes y no eran del pueblo.
Aunque no denunciará formalmente porque no sabe quién lo ha hecho, sí quiere pasar por la policía para dejar constancia de los hechos: “Quien lo ha hecho sabía que no estábamos en casa, y mi madre vive sola. Tengo miedo de que un día la agresión sea física. Si se trata de una agresión verbal no me da miedo, pero muchas veces vuelvo tarde del trabajo y podría dar lugar a una agresión física…”, afirma Josep. El suceso le ha golpeado especialmente porque hoy, 17 de junio, se cumplen ocho años de su boda: “Nunca me había pasado algo así. Tengo un disgusto muy grande. Hace veinte años se aprobó el matrimonio igualitario, y ahora parece que estemos retrocediendo treinta años”.

Una respuesta con más visibilidad
Una mujer del pueblo encontró la bandera tirada por el mercado, se la quedó y al ver en redes lo sucedido, le escribió para devolvérsela. Lejos de dejarse intimidar, Josep ha decidido responder con más visibilidad: “Ahora he puesto dos banderas, no una, ¡sino dos!”. La reacción del vecindario ha sido mayoritariamente de apoyo. “Hay gente que me dice: ‘¿Dónde se compran esas banderas? Quiero poner una también, a ver si también me la arrancan’”, cuenta con emoción.
En el punto de mira
Con 32 años, Josep recuerda cómo vivió su adolescencia con la certeza de que podía amar y casarse con quien quisiera: “Y ahora, ¿qué nos espera?”. También lanza una crítica a la situación política actual: “Con el gobierno que tenemos en la Generalitat Valenciana, ¿qué están haciendo con nuestras leyes? Están recortando derechos. ¿Qué será lo siguiente? ¿Que me manden a terapia para ver si por arte de magia cambio mis gustos sexuales? Pues no”.
Para Josep, lo ocurrido no es solo una anécdota. Es una señal de alarma, pero también una razón más para reafirmarse: “No podemos permitirlo. La libertad no se toca. No vamos a dar ni un paso atrás”.

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